San Juan de Acre, 1291, un sitio maldito.

El 28 de mayo de 1291, San Juan de Acre, hasta entonces en poder de los cruzados, cayó en manos de las huestes musulmanas al mando del sultá de Egipto. Muy pronto siguieron las ciudades de Tiro, Sidón, Beaufort y Bierut.

En 1254, cuando Luis IX, de vuelta de la Séptima Cruzada, llegó a Francia, lo hizo con el sentimiento de que la cohesión y la unidad reinaban en Tierra Santa; no era más que un espejismo. La discordia entre los monjes-soldados (templarios y hospitalarios) dividía estas comunidades, encargadas de defender Tierra Santa. Para Baybars I (cuarto sultán de la dinastía de los mamelucos), representaba una oportunidad; retomó Beaufort, Jaffa, Antioquía... Nada podía detenerlo; Pero el rey de Francia reaccionó y volvió a partir a la cruzada. Por desgracia, el 25 de agosto de 1270 murió de tifus a las puertas de Túnez.

A lo largo de los años siguientes Hugo III, entonces rey de Jerusalén, con ayuda del rey de Sicilia y los templarios, trató en vano de restaurar la la calma y el orden. Desde aquel momento en Tierra Santa reinó la anarquía. En 1291, en San Juan de Acre, unos cruzados italianos muy indisciplinados asaltaron y asesinaron a unos inofensivos campesinos musulmanes; degollaron a todos los mercaderes mahometanos, así como a los cristianos sirios. En abril de ese mismo año, el sultán de Egipto, a la cabeza de 160.000 hombres a pie y 60.000 caballeros turcos y mamelucos (antiguamente, soldados esclavos), puso sitio a la ciudad. En la plaza no había más que 14.000 hombres a pie y 800 caballeros para defenderla.

La noche del 15 de abril, el gran Maestre del Temple, Guilleaume de Beaujeu, intentó salir con 300 caballeros para incendiar las catapultas adversarias, pero los caballos se enredaron las patas entre las cuerdas de las tiendas enemigas y la fuerza tuvo que retirarse. Otra salida fracasó, ya que las fuerzas eran demasiado desiguales. A pesar de la tenacidad y resistencia de hospitalarios y templarios, por fin unidos en la lucha, el viernes 18 de mayo el sultán lanzó el asalto final sobre San Juan de Acre. Pronto la torre Maldita y la puerta de San Antonio cedieron bajo el asalto enemigo...
Guillaume de Beaujeu, mortalmente herido por un proyectil de ballesta y Jean de Villiers, gran Maestre del Hospital, también herido, fueron evacuados a bordo de un buque que partía con destino a Chipre. Los habitantes, en desbandada, se agolpaban para embarcar en otros buques, pero éstos, en número insuficiente y demasiado cargados, se fueron a pique.

No obstante, en el monasterio fortificado del Temple, el mariscal de la Orden, Pierre de Sevry, que se había atrincherado con sus hombres resistía. Los ataques de los mamelucos se sucedían pero los templarios aguantaban. El sultán intentó una oferta de capitulación honrosa, pero ante los actos de salvajismo cometidos por su ejército con la población de Acre, el pacto se rompió. Entonces, el egipcio hizo minar los cimientos de la torre, y el 28 de mayo se produjo el asalto final. Los templarios consiguieron evacuar a buen número de las 10.000 almas que habían acogido gracias a una hábil estratagema: tras socavar los cimientos de la torre y sostenerla con frágiles puntales, calcularon que el peso de la oleada humana cuando los musulmanes invadiesen la torre los haría ceder. En efecto, la construcción se desplomó sobre los asaltantes, entre los cuales había 200 caballeros turcos, pero por desgracia también los pocos templarrios supervivientes; fue el final... Pronto cayeron las demás plazas fuertes; algunos templarios consiguieron huir a Chipre y los restantes fueron, por supuesto, exterminados.
De este modo terminó, en un baño de sangre, la gran epopeya del Temple en Tierra Santa.

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